El vil egoísmo

-¿Por qué usted no declaró la emergencia humanitaria cuando la gente moría de toda clase de enfermedades perfectamente tratables? -Es que… verá, su señoría… soy demasiado estúpido.

 

La foto de un muchacho de espaldas con la cabeza cubierta, flanqueado por dos Guardias Nacionales portando sus fusiles y en la mesa el objeto del delito y la causa del despliegue: seis auyamas en perfecto orden.

La jueza que sentenció a Leopoldo López impuesta como defensora pública de la jueza María Lourdes Afiuni. Al mediodía se paran de la mesa, en la tarde se vuelven a sentar. Declararon en “abandono legal” las medicinas que trajo Caritas y se las dieron al Seguro Social. Expropiaron hasta que nos dejaron dependiendo de la caridad y finalmente expropiaron la caridad. Mañana seguro salen diciendo “Pero bueno, no querían que aceptáramos las medicinas”. La política se ha convertido en todo menos pública, es una caja oscura y tenebrosa. Sobre ella se proyectan esperanzas y pesadillas.

Ese jurado que unánimemente votó en contra de la coartada de que son “demasiado estúpidos para ser narcotraficantes”, votó en contra de lo que podría haber sido la versión venezolana del “sólo cumplía órdenes”.

-¿Por qué usted no declaró la emergencia humanitaria cuando la gente moría de toda clase de enfermedades perfectamente tratables?

-Es que… verá, su señoría… soy demasiado estúpido.

-¿Por qué siguió con esas políticas económicas a pesar de que todo el mundo, incluyendo sus aliados políticos en el continente no sólo aplicaban otras políticas, sino que le aconsejaban dejar de hacerlo, condenando a una o dos generaciones a la ruina?

-Lo lamento, pero es que soy demasiado estúpido.

Esa es su gran fuerza, la única fuerza que les queda. No es cierto que sea la de las armas, puesto que las armas las tiene gente que está arremolinada en ese rechazo de los límites y del tiempo. Sí, son demasiado estúpidos si creen que pueden tratar a todo el mundo como tal, de manera ilimitada en el tiempo y en el espacio. Esa es su fuerza y también su debilidad.

Lo único que quiere Juan Peña es llenar con su lengua el agujero en su diente. Cuando el sujeto negocia su deseo hasta esos extremos deja de ser un sujeto. Es idéntico a esa pequeñez. La miseria puede llegar así hasta lo más alto del orden social y político. Tal vez la miseria espantosa de los ejércitos de nuevos pobres peleando con los perros por la basura nos distrae de esta miseria lastimosa, pero no menos peligrosa, de los poderosos.

En nuestra actualidad tanto la miseria del vil egoísmo como la del pobre en su choza tienen como piedra angular una exasperante miseria de la palabra. La inflación de los precios no es más preocupante que la inflación desencadenada del lenguaje. Mientras más lenguaje se produce, menos valor tiene la palabra. Menos valor de cambio y menos valor de uso. Menos significado y menos realizatividad.

La salida está en una palabra que acceda a perder su brillo, pero al menos pueda volverse útil.